Voy a escribir una novela de misterio. Sí. Sé que es algo anticuado y que ahora lo que mola es la novela negra ( a ser posible en tres entregas muriendo después para asegurarte de que puteas bien a cualquiera que pasara por allí y sea susceptible de heredarte) pero es que tengo un pequeño hándicap: quienes las protagonizan deben ser tipos o tipas que fuman a todas horas, beben hasta el agua de los charcos en época de lluvia, manejan armas como quien se cepilla los dientes, y tienen siempre voz profunda y una frase ingeniosa y sarcástica en la punta de la lengua. Si exceptuamos la frase sarcástica ( que creía que era mi especialidad, aunque ahora por decisión de jurada popular parece ser que no) no doy una. No fumo, no bebo, las armas me producen un pánico cerval y las voces profundas no me gustan (salvo si están -junto con su aliento- susurrándome al oído). El ingenio tampoco es lo mío pero quizás si le quitamos el -in, el parecido es más exacto.
Volviendo al tema, si quiero escribir una novela de misterio, tampoco tengo que poner tanta excusa, digo yo. Que quiero y punto. Pero claro, una cosa es querer y otra poder.
Necesito el misterio. El (o la) detective. Y ambientarla. Y una trama. Se me ocurrió encerrar a un puñao de gente en una isla de la que no pueden salir pero Doña Ágatha se me adelantó. No puedo vestir a mi detective con capa y gorra escocesa, ni encerrar a los asesinados en un cuarto cerrado por dentro, ni que averigue todo un señor con cabeza de huevo que ordena compulsivamente mientras piensa. Nada de Watson. Nada de Livingston (¿o ese no iba aquí?).
En realidad nada iba aquí, y yo sólo quería dormirme. Estoy harta de pasar noches en vela, y este maldito insomnio me está matando, y si vuelvo a la cama te despertaré, y quiero arroparme en tu calor, respirar a tu ritmo y entrar y que tu cuerpo busque el mio y dormirme en la placidez de reconocernos. Quiero estar ahí, y no velando. Coño.
María Martín ©