sábado, 11 de diciembre de 2010

(No) velando

Voy a  escribir una novela de misterio. Sí. Sé que es algo anticuado y que ahora lo que mola es la novela negra ( a ser posible en tres entregas muriendo después para asegurarte de que puteas bien a cualquiera que pasara por allí y sea susceptible de heredarte) pero es que tengo un pequeño hándicap: quienes las protagonizan deben ser tipos o tipas que fuman a todas horas, beben hasta el agua de los charcos en época de lluvia,  manejan armas como quien se cepilla los dientes, y tienen siempre voz profunda y una frase ingeniosa y sarcástica en la punta de la lengua. Si exceptuamos la frase sarcástica ( que creía que era mi especialidad, aunque ahora por decisión de jurada popular parece ser que no) no doy una. No fumo, no bebo, las armas me producen un pánico cerval y  las voces profundas no me gustan (salvo si están -junto con su aliento- susurrándome al oído). El ingenio tampoco es lo mío pero quizás si le quitamos el -in, el parecido es más exacto.

Volviendo al tema, si quiero escribir una novela de misterio, tampoco tengo que poner tanta excusa, digo yo. Que quiero y punto. Pero claro, una cosa es querer y otra poder.

Necesito el misterio. El (o la) detective. Y ambientarla. Y una trama. Se me ocurrió encerrar a un puñao de gente en una isla de la que no pueden salir pero Doña Ágatha se me adelantó. No puedo vestir a mi detective con capa y gorra escocesa, ni encerrar a los asesinados en un cuarto cerrado por dentro, ni que averigue todo un señor con cabeza de huevo que ordena compulsivamente mientras piensa. Nada de Watson. Nada de Livingston (¿o ese no iba aquí?). 

En realidad nada iba aquí, y yo sólo quería dormirme. Estoy harta de pasar noches en vela, y este maldito insomnio me está matando, y si vuelvo a la cama te despertaré, y quiero arroparme en tu calor, respirar a tu ritmo y entrar y que tu cuerpo busque el mio y dormirme en la placidez de reconocernos. Quiero estar ahí, y no velando. Coño.


María Martín ©

domingo, 14 de noviembre de 2010

A lado y lado (o la felicidad de la ignorancia)

Decir que no sabes por dónde empezar se ha convertido en la manera más socorrida de empezar cualquier cosa, a hablar, a escribir, y —con las cosas que tenemos que leer hoy— casi a leer.

 —No sé por dónde empezar

Y ya has empezado y tomas carrerilla y hala, a largar el discursito de turno. Yo sí sé por dónde empezar, lo que no sé es cuando empiece cómo voy a parar y mientras escribo pienso que quizás mejor me callo y no digo nada, aunque al fin y al cabo, eso es lo que llevo haciendo las últimas líneas. Escribo y escribo y ¿alguien saca algo en claro? No, si yo tampoco.

Bueno, algo sí: Primero, que o cambio el título o esto será lo más dadaísta desde La Cantante Calva ( malditos sean Ionesco y ella que me cayeron en cada examen de Literatura de mi adolescencia). Segundo, que como estoy perezosa no voy a cambiar el título, que se quede dadaísta. Tercero y último, si has llegado hasta aquí, te mereces que el próximo post sea de verdad y no de relleno.  

 Aunque no juro nada.

María Martín ©

martes, 7 de septiembre de 2010

Confesión

Psss, psss...eh, tú . Sí, es a ti. Voy a contarte un secreto. Hoy me he levantado tarde y me he quedado remoloneando en la cama. Supongo que esa es la parte interesante de la historia -quién estaba conmigo en la cama, qué pasó con las sábanas revueltas si son, o están, así por un mal sueño o por una noche de pasión, qué me dicen al oído mientras duermo, qué es lo primero que veo , que oigo, que toco al despertar- pero es justo la parte de la historia que vas a seguir imaginándote. De todos modos, leas lo que leas, diga lo que diga, calle lo que calle interpretarás lo que necesitas leer, lo que quieres leer, lo que deseas saber. No hay nada como tener una teoría propia para que todo, convenientemente escogido, ayude a reforzarla. 

Así que, y ése no es el secreto, hoy me he levantado tarde, me he quedado remoloneando en la cama y no me apetecía nada escribir o, al menos, no escribir aquí. No siempre tengo la necesidad, el deseo o las ganas de hacerlo y nunca me siento a escribir como quien hace los deberes. Porque no tengo por qué , porque no soy escritora ni lo pretendo (¿hacía falta decirlo? claro que no, salta a la vista) porque es aburrido y me resuenan las palabras de mi abuelo en los oídos ("¿no me irás a decir que estás aburrida, no? aburrirse es de tontos"). Porque no me da la gana. 

Y, sin embargo, aquí estoy, escribiendo, escribiéndote, angustiada de ver tus visitas día tras día , varias veces al día, todos los días ( hasta domingos y fiestas de guardar, inasequible al desaliento). Te imagino espectante, ilusionada, nerviosa... para acabar decepcionada; y no quiero ser yo la culpable de tu desaliento. He decidido animarte el día. Para que luego digan algunas arpías que soy manipuladora y mala. Pura leyenda urbana. Soy un sol. Y hasta puedo escribir sin ganas por una buena causa. 

¿Que cuál es la causa? Pues por supuesto, tú y puede que la misericordia o mis últimos restos de  caridad cristiana, aunque no lo confesaré jamás. Porque, querida mía, aunque no lo parezca y te cueste creerlo,  tengo mi corazoncito y, eso, sí es todo un secreto.

María Martín ©

lunes, 30 de agosto de 2010

La recherche ¿du temps perdu?

Mira que no me gusta cabrearme. Y que me cuesta. Mira que respiro y cuento hasta diez, hasta cien, hasta mil, hasta un millón. Mira que despertarme y verte sonreir es un antídoto casi perfecto contra el mal humor. Pues ni así.

Al final creo que me cabrearé. Menos que si jugara a La Oca (y deja de tirarte a la que te toca o a la que se deja, leñe, que después nos pasa lo que nos pasa) pero más que cuando me ganas a La Rana (no, el tanteo del Teto aquí no lo diré, chicas, se siente; para más información, busquen al amigo informático). 

No es por el fastidio de cambiar las contraseñas, apuntarlas, recordarlas. No es por tener que perder tiempo en pensar en algo que no nos interesa. Tampoco por la pereza de acudir a la ley con sus quince mil millones de requisitos, ni el latazo de buscar las pruebas que al final nos han dejado carcajadas hasta las lágrimas y se acaba dando por bueno. Por descontado que no es por la lástima inmensa que al final produciría pararnos a pensar qué vacía, inútil, ridícula, absurda y desesperada debe sentirse una persona para dedicar su tiempo a fastidiar al prójimo o a la prójima del prójimo (sí, hija, sí, me refiero a tí ¿contenta?¿satisfecha?¿tu minuto de gloria? bien, me alegro de hacer feliz a alguien más).  Casi ni me importa demasiado que una, cualquiera, ( y ojito a la coma que tiene su importancia), lea mis, nuestros, mensajes privados porque al fin y al cabo tenemos una vida y es normal que a quien no la tiene estas cosas le causen extrañeza.  Besos, te quieros, riñas...hasta las facturas del gas deben resultar apasionantes a aquella que se  levanta y se lanza de cabeza al blog, al Facebook  o al correo de alguien que detesta abiertamente sólo para (no, para cometer un delito no, ese es el daño colateral, pero no el objetivo) ¿joderle, joderse, la vida?. 

Y mira que no me gusta cabrearme. Y que me cuesta. Pero es que llevas un rato esperando en la cama, el mismo que podría estar abrazándote mientras intento acabar esta entrada sin que se me ocurra otra cosa que "Ladran luego...¿son perras?". ¿Es o no es para cabrearse?


Así que este post no lo termino. Ya estoy ahí, cariño. Palabrita. Son los últimos minutos que pierdo en pendejadas.


María Martín ©

sábado, 28 de agosto de 2010

Big Brother, Big Bang.



Hoy madrugaré un poco más que de costumbre. Por una vez, los niños entenderán por qué hay que levantarse cuando aún es casi de noche. Será como si no hubieran dormido, como si fuera, otra vez, la hora de bañarse, cenar y acostarse. Será divertido. Una aventura.

Ni en días como hoy echo de menos un padre que los levante, les preparare el desayuno, los lleve al colegio. Para qué. Sólo lo extraño en noches como tantas. Y no a un padre ni a cualquier señor. Sólo a ti.

Llevo meses planeando cada detalle minuciosamente. No puedo dejar nada al azar. La vida, con sus jugarretas de última hora, con sus bromas pesadas (¿podría ser la definición de un hombre ¿no?) es  casi como la muerte con su sonrisa implacable.

En realidad es más bien simple: tengo que hacer lo mismo de todos los días para que nadie sospeche. Un día , otro día; como ayer, como mañana. No lo soporto, pero así es, así será. Día a día, todos los días igual, lo mismo de siempre. Pondré la excusa de siempre en el trabajo de siempre y, como siempre, la jefa de turno se lo creerá o hará como que lo cree (¿por qué  a veces tengo la sensación de que nadie me cree?). Quizás  no le queda más remedio porque, todavía o ya a estas alturas del cuento, a la empresa le sale más caro despedirme que aceptar que me merezco más horas de descanso, más días libres, más sueldo, más vacaciones ¡Joder! ¡Toda la vida aquí! ¿Qué menos? ¿No?

He confeccionado un mapa mental con todos los cibercafés desde el cole de los niños hasta unos cuantos kilómetros a la redonda. Al fin y al cabo hago esta ruta cada día, todos, todos los días. He pensado cada detalle en cada ida, lo he perfeccionado en cada vuelta. Lo he redondeado al caminar cada pasillo, en cada ascensor que subía y bajaba. Y es perfecto. Te sentirías orgulloso de mí.

Ya sé que no entiendo mucho de informática, de IP’s, ni huellas digitales ni bits, ni bytes, pero Big Brother, será el Big Bang. Gracias a ti he perfeccionado mi técnica, he desdoblado tras tus huellas mi yo, mi ego, mi super-ego y a toda su parentela. Siempre se dejan rastros en todo lo que una hace en la red. Siempre se dejan rastros en todo lo que una hace en la vida. De algo habrían de servir tantas tertulias virtuales, talleres, blogs en los que se discutía si esa era tan sólo una realidad virtual, paralela, insípida, inútil.

Y, como en toda discusión, nunca se llegaba a nada, pero entonces yo ya sabía. Eres, soy  la prueba de que esta vida es más auténtica que la real. Ahí conseguí enamorarte. Porque —digas lo que digas—, sé que hay ocasiones en que me echas de menos, te siento, te adivino, te conozco. Dices que lo quiero creer, pero no es verdad y lo sabes. No quiero creerlo, lo sé.

 Esas fotos en blanco y negro, difuminadas entre sombras, no te hacen parecer quien no eres, quien alguna vez quieres llegar a ser, tan sólo te permiten expresar lo que el mundo habitualmente no deja ver.

He comprado un pendrive y gracias a aquél amigo cerebrito de mi época del cole de monjas que nunca dejó de mirarme con un “no se qué” (—sí, aquél a quien llamo casualmente cuando falla el ordenador—) y al que con poco más que una sonrisa —apenas nada, no creas, no te pongas celoso, por favor— conseguí sonsacar cómo se usaba el  programita que averiguaba contraseñas privadas.

Ya no creo, ya no quiero la felicidad de los ignorantes en la que he vivido durante casi medio siglo de eso que llaman vida. Ahora necesito más. Lo quiero todo. Y de sobra sabes que lo merezco.

Apenas podía, en la mañana, mientras los niños dormitaban en el coche, esperar para conocer cada detalle de la vida de aquel con —bueno, vale, nunca dijiste directamente que, pero hay cosas que no hace falta decir — el que tantas noches en vela he pasado “enganchada”, soñando despierta frente a una pantalla en la que —no serás capaz de negarlo—, brillaba la felicidad.

Mi madre irá a buscar a los niños por la tarde. Le dije que tenía que ir al hospital para unas pruebas. Que les hiciera cualquier cosa. Que había croquetas congeladas en el congelador. Que les fria unas papas y unos huevos. Sólo es un día. Nuestro día. El día y, Big Brother, será el Big Bang.

Doce horas después, casi anocheciendo, en el último ciber de la lista, cuando por fin pude acceder a tu correo electrónico supe con certeza que ya nunca podrás hacer nada sin que yo sea testigo . ¿Te imaginas siquiera la sensación de poder? ¿Te das cuenta de qué tranquilidad?. He podido repasar los últimos dos años de conversaciones con cientos de mujeres, amigos, compañeros de trabajo. He leído mis propios mails , tus respuestas.

No ha sido fácil pero he buscado la fecha exacta en que decidiste hacer público que habías conocido, por fin, a (¿otra?) la mujer de tu vida. Quizás creíste que ese día mi mundo, ese imaginario según tú, se vendría abajo. Esa parte ya la he superado. Sé que me echas de menos. Lo leo. Lo dices y lo escribes y lo dejas a la vista para que lo encuentre, arrepentido e incapaz de reconocer tu error. Distingo cada guiño, cada palabra, cada gesto mío en tus palabras.

Tal vez, lo que no llego a entender, lo que no alcanzo a descifrar es por qué pretendes hacerme creer que durante todo este tiempo no he estado hablando con el hombre de mi vida, sino con la máldita última mujer de la tuya.

María Martín ©